El galgo en la Roma antigua.

El Imperio Romano construyó un Imperio de crueldad y espectáculo entorno a los animales, de eso no hay duda y los mosaicos y pinturas lo atestiguan, pero también fueron los primeros en tener “mascotas” como tal prestandoles todo tipo de cuidados caninos.

Escultura encontrada en el sur de Roma. (British Museum)

El galgo fue para la cultura romana un aclamado cazador y acompañante de la sociedad aristocrática siguiendo la tradición adquirida de Egipto. En toda domus romana no faltaba un perro pues daba estatus y posición por su figura estilizada.

El amor de los ciudadanos romanos por tener un perro en casa hizo que se buscara la raza de perro más pequeña, y hasta Julio César se llegó a preguntar si las damas romanas habían renunciado a tener hijos en favor de estos canes domésticos.
Una de las razas más populares de esta toymanía fue el lebrel italiano, eran bañados,pelados y perfumados y descansaban sobre cojines de seda.

Otro de los lebreles apreciados en la antigua Roma fue el galgo irlandés. Las evidencias muestran que los Celtas llevaron a estos perros a Grecia en el 273 d. C pero no tuvieron el éxito esperado pues les pareció un perro raro. En el 391 d. C, el hermano del cónsul Quinto Aurelio Simmaco le regaló a este siete gentiles gigantes como presente desde la Galia. Los historiadores indican que era grande como un burro y que el mastín no era rival para el fervor del galgo irlandés.

La caza de Diana de Rubens (ss. XVI-XVII)

Siempre se les ha venerado por su rapidez en la caza, pero los romanos no fueron los primeros en utilizarlos en las carreras,pues era una actividad extremadamente popular entre los celtas del noroeste de Roma y los etruscos del norte;no obstante sí fueron los primeros en apostar dinero en el “juego”.
Tradicionalmente se colocaban dos galgos en un área donde soltaban una liebre para cazarla. A veces no conseguían asirla por lo que se consideraba el vencedor el que más veloz había sido.

El amor por los perros quedó plasmado por varios autores y poetas romanos como Plinio el viejo; en su Historia Natural narraba el afecto que se profesaba a estos animales de cuatro patas. Propercio, el famoso poeta que cantaba sobre el amor escribió también sobre los perros en su poema “Cintia en la granja” donde versaba sobre la importancia del lebrel en la ciudad y en la vida rural. El poeta escribía que el entrenamiento y tenencia de estos bellos y estilizados perros no era trabajo exclusivamente de los hombres, de ahí que le cante a Cintia.

Por otro lado singulares son los mosaicos que han perdurado hasta nuestros días en la entrada de las casas y villas romanas en el que se recibía al visitante con un “Cave canem”  realizado con las maravillosas teselas dando la imagen de un perro. Con esta obra de arte se avisaba al que entraba que tuviera cuidado con el can.

Mosaico proveniente de una domus en Pempeya

Los romanos fueron acompañados por sus perros en sus campañas y probaban su valor como protectores en el campo de batalla como en las propiedades privadas, pero en ellos tuvo un lugar privilegiado el lebrel.
Si antaño tuvieron un estatus y categoría elevadas, devolvámosle su posición hoy día, no más sufrimiento para este bello animal.

Fuentes:

– Branigan, Cynthia A. (2004) “The Reign of the greyhound” Ed. Howell Book House.

– http://www.constellationsofwords.com/Constellations/CanesVenatici.html

– http://pintura.aut.org/SearchProducto?Produnum=15803

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